viernes, 7 de mayo de 2010

HOMBRES...

 
Todo en él era impredecible. No es que actuara de una forma anormal, no. Tenía esa extraña virtud que adorna a ciertos hombres conocida como coherencia. Sí, era coherente en sus planteamientos, incluso excesivamente. Pero yo, en ningún momento era capaz de prever su siguiente paso; qué frase saldría de su boca o cómo encajaría determinada situación. Tampoco resultaba enigmático, no, no, de ninguna manera. Guardaba, eso sí, celosamente, como secretos, las experiencias que jalonaban su trecho vital, especialmente aquellas que tenían que ver con sus anteriores amantes. Jamás, en los ocho años que compartimos, me habló de aquellas mujeres. Yo, sabía de su existencia por terceras personas, pero no estoy segura de conocer algún dato de todas ellas. Tras la apariencia de seguridad que mostraba a cuantos le rodeaban, escondía - ahora puedo asegurarlo - una debilidad absoluta, que le hacía dudar permanentemente, sin que sus dudas afloraran al exterior, a no ser en un gesto vago o en el comportamiento taciturno que acompañaba a determinados momentos, que él, llamaba de “abandono”. A veces, no era más que el espejo de quienes le rodeábamos. Complaciente, muy complaciente con todo el mundo, excepto con él mismo. Generoso, también generoso, pero de una peculiar manera, hasta el punto de parecer un derrochador, especialmente con sus sentimientos. Greta me dijo una vez que a su lado ninguna persona, o mujer, no estoy segura, podría no sentirse querida. Sí, es cierto, pero algunas maneras de amar resultan más demoledoras que ciertas formas de desamor o, incluso, de odio. ¿Qué hacer cuando tu pareja va dejando un rastro de amor y tú sólo puedes ir recogiéndolo entre las manos? Paradójicamente, era en los momentos más duros cuando se mostraba más sereno, más decidido, pero también más impredecible. ¿Carecía de capacidad para afrontar los problemas? Sinceramente, no lo se. Casi siempre los problemas, tanto domésticos, como de otra índole, los solucioné personalmente. Él apuntaba soluciones tan sumamente elaboradas y complejas, que yo sólo veía mayores complicaciones; enredaba los problemas entre sí como se enreda una madeja o una red, hasta que la única solución era cortar el nudo, o rasgar la red de arriba abajo. Su decisión se traducía en el puro planteamiento verbal de la situación complicada. Hacía un pormenorizado y detallado informe de la cuestión, pero no mostraba mayor implicación. Se limitaba a observar, a estudiar, a planificar, pero jamás a resolver. Y a mí me sacaba de quicio. A continuación, se encerraba en una especie de estado ajeno, de quietud solitaria, hasta el punto de pasar desapercibido. Al principio de nuestra relación no me afectaba lo más mínimo, pero poco a poco su proceder ilógico fue haciendo mella en mí. Me afectaba como una mancha de musgo, que se expandía lentamente, inexorablemente, dentro de mi pecho. No sabría decir con exactitud cuando noté el primer síntoma. Puede que fuera en la pasada Navidad, cuando él decidió, sin consultarme en ningún momento, que pasaríamos las fiestas en un pueblo de la montaña, “solos tú y yo – dijo – disfrutando de la nieve y del campo”. Y eso que sabía de sobra que a mí el campo y la naturaleza no me importan nada. Es más, odio el campo. Lo que más me molestó fue el tono en que lo dijo. Los hombres, por lo general, no atienden, ni entienden de tonos. No son conscientes de los tonos que utilizan a la hora de hablar con nosotras, por eso no le dan ninguna importancia al “tono”. Para mí, y creo que para todas las mujeres, sin embargo, el “tono” es esencial. No se trata ya de lo qué se diga, es tan importante cómo se diga, el “tono”. En aquella ocasión, el suyo era una mezcla de prepotencia, de conmiseración y de complacencia. Pero no dije nada. Y pasamos seis horribles días en un pueblo perdido de la montaña leonesa, en el cual la mayor diversión consistía en salir todas las mañanas, pisando nieve helada, con un frío horroroso, a contemplar no se qué montañas, valles, especies de árboles o fauna local. Por cierto que esta última era lo más interesante, una docena de lugareños a cual más pintoresco que no me quitaban ojo en el cutre bar del pueblo, en que tomábamos el desayuno y la cena, para regocijo de aquellos salidos que no dejaban de mirarme el culo y hacer comentarios en voz baja.

Esa rabia la arrastré como un lastre que ayudó a extender la mancha de musgo, minando mi salud. Con la llegada de la primavera cambió de trabajo y de horario. Compartíamos más tiempo, pero menos comunicación. La conversación más extensa se limitaba a planear viajes que jamás hicimos, o programar películas y exposiciones que nunca llegamos a ver. En este tiempo, él comenzó a trabajar también por las tardes, de repente. Yo, ni me preocupé. Eso supondría un aliciente para, según él, su frustrada vida profesional. Llegaba a casa tarde, ni siquiera cenaba y se acostaba inmediatamente, cansado. En los pocos momentos que teníamos para nosotros se mostraba amable, muy cariñoso; nunca me contradecía, trataba por todos los medios de hacerme reír, de que me sintiera querida. Al principio no me sorprendió, porque así era él, y me había acostumbrado. Incluso pensé que había cambiado algo, debido, precisamente a su nuevo trabajo, con el que parecía mostrarse muy a gusto. También, que ese derroche de cariño no era otra cosa que una forma de sentirse querido por mí, dado que yo mostraba muy pocas veces mis verdaderos sentimientos hacia él. Lo encontré muy lógico. El caso es que así pasó el verano, en el que, por primera vez, no fuimos de vacaciones, decididos a cambiar de casa como estábamos. Por ahorrar, nos mentimos mutuamente. Todo muy normal, hasta ayer. Ayer mismo, en la cena, y a bocajarro, me lo dijo. Por primera vez sacó valor de no se sabe dónde y me lo soltó mirándome a los ojos, con una sonrisa que me crispó los nervios. Eso sí, el tono, por una vez en él, era el que correspondía a la situación. Dejó el tenedor sobre el plato. Intentó tomar mi mano, ocupada con la pala del pescado, y en uno de esos silencios que me sacaban de quicio me dijo muy sereno “María Luisa, cásate conmigo”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario