UN CAFÉ AMARGO
(Cuento)
- Pero…no me sea pendejo, hermano!... a qué revolver el pasado?...con cuálas cuentas quiere cuadrar el asiento? Le dije; pero ciertamente es que sin ninguna convicción, sin la seguridad que estaba mereciendo la ocasión. Él se limitó a asentir repetidamente con la cabeza; cabeceaba como un buey preso de un tic antes del matadero. Sin decir nada, sin mirarme siquiera. Con los ojos clavados en algún punto imposible de fijar en el espacio que mediaba entrambos, apenas una mesa de café sucia llena de redondos de jarro. Y volvió a suspirar, ahogado de una angustia antigua, de una carga demasiado pesada para sus muchos años de desgracia. Y yo. Yo fumaba, entretenía los silencios largos y fríos como noches del desierto en ordenar la ceniza del cenicero repleto en pequeños montoncitos, como cráteres diminutos, formando una cordillera efímera. Llevábamos más de dos horas en aquel café de barrio que olía a refritos y a humedad, a partes iguales, tratando por todos los medios de clarificar una situación que, pues ya, no tenía remedio. Un suceso sin importancia, al menos para mí, que incluso se había desdibujado en el tiempo hasta el punto de resultar apenas reconocible. Pero esa era mi percepción, no la de Alberto, que parecía arrastraba aquella tarde de truenas, de hacía nada menos que diez años, como un lastre, como una bola de plomo encadenada a su alma. ¿Qué aspecto del lejano hecho le afectaba?. Por todos los medios trataba de ponerme en su lugar para comprenderlo, pero parece que no ponía toda la atención que requería su complicada (o simplísima) personalidad. Me distraía y volvía a fumar o a poner cara de circunstancias. Total, daba igual, por que él ni se fijaba en mí. Yo era, en aquellos momentos, algo así como un compañero de butaca en el cine, una alma por redimir, o el viajero que nos acompaña en nuestro vagón durante todo el viaje sin que, al poste final, podamos describir sus rasgos o la ropa que vistiera.
La vieja se acercó terca, por tercera vez, para recoger la mesa y pasar una pringosa rodea multicolor que iba dejando un rastro de finas gotas de agua grasienta. Volvió a demandar si deseábamos alguna cosa más. Me pedí otro café negro “de máquina, bien colmado; cuando se pueda”. Sabía, de sobra, que no hay cosa que más fastidie a cualquier mozo de barras que el añadir al pedido la coletilla “cuando se pueda”, pero lo hice a propósito, aquella vieja me amolaba el guiño. Alberto también lo sabía y, al oír la expresión, no pudo menos de sonreír, regresando del pasado de diez años, y del lugar en que había permanecido durante la última hora: con toda seguridad, un parquecito de la ciudad, al que echaba balcones la casa que compartíamos entonces. Pero rápidamente volvió a su peculiar estado de ensimismamiento.
Todo a nuestro alrededor se había ido destruyendo callada, pero inexorablemente. Sin sobresaltos, pero sin pausas. Era el paso del tiempo, decía a menudo otro de los cuates, Álvaro, precisamente quien más había envejecido de todos, a causa de una enfermedad que aún le mantenía con ciertas limitaciones en su vida diaria. Todo era completamente diferente, pero Alberto parecía no querer darse cuenta. Le costaba aceptar que ya nada era como entonces, que las personas, para bien y para mal, vamos cambiando sin apenas notarlo. Precisamente cada uno de nosotros es quien menos se entera de esos cambios que se producen prácticamente a diario. Luego, sorprendentemente, aprendes a vivir de esta u otra forma y, un buen día, te das cuenta que no eres el mismo de antes, que lo que te preocupó por encima de todo ahora carece de interés, que aceptas formalismos con resignación, que afrontas los retos con distancia, que..., que todo el mundo que te rodea ha sido consciente del cambio, menos tú, que te llevas una decepción, o una alegría, todo depende del ánimo de cada cual. Alberto ni se daba cuenta del cambio obrado en los demás, en quienes éramos sus amigos, ni en él mismo. Por eso andaba aún en ajustes de cuentas con un pasado que había creído maravilloso, y que, ahora, recién separado tras nueve años de matrimonio, le parecía puritito decorado. O mejor, lleno de mentiras. Había vivido el matrimonio como prolongación de una larga relación, la cual llegada a un punto sólo podía desembocar en matrimonio, eso sí, civil. Jamás conoció otra mujer que Elvira, desde los veinte años hasta hacía menos de dos meses; en total, más de veinte años, de los que sólo estuvieron separados el año largo del servicio regular y algunas semanas sueltas. Y, ahora, venía a pedirme explicaciones de algo que había pasado hacía diez años. Nada menos que diez años. Una nadería, para mí, que casi ni recordaba el asunto. Un drama, una decepción para él, que le trastocaba el sentido de la vida, de su vida. La pérdida total de la inocencia, dijo de culebrón… pero, ¿qué inocencia?. Nadie es inocente a los cuarenta; él se enteraba ahora. Y allí seguía, frente a mí, con el aspecto de quien se encuentra ante un precipicio meditando el salto al vacío, la respuesta a sus dudas y a su futuro. Y yo, me daba la sensación, era ese vacío, porque representaba el secreto del pasado, el viaje en el tiempo, conocía la causa de su atribulado estado, la traición antigua que se restriega por la cara para humillar.
Alzó la vista y habló: Mire, amigo, sólo quiero que me diga si fue una vez o fueron más. Si sólo fue una vez, lo perdono, pero si fueron más no podría...
Absurda pregunta con respuesta incluida. Manifestación de pura incredulidad. Invitación a la mentira más evidente. Consuelo estúpido de una respuesta que en sí misma encierra la trampa. No obstante contesté lo que él quería oír. Era lo que pedía y en esta ocasión no iba a decepcionarle.
- Alberto – carraspeé ligeramente- lo que Elvira te dijo es cierto, pero no preciso. -Ahora mostraba extrañeza -. Es cierto que nos besamos, que incluso llegamos a desnudarnos todos. Pero jamás nos hicimos el amor juntos. No por falta de ganas, no, sino porque en el preciso momento en que íbamos a hacerlo llegó a la casa su hermana. Y ahí, no más, quedó todo. Jamás volvimos ni siquiera a mencionarlo. Fue una tontería de una tarde y se acabó. De nada servía que te lo contáramos, porque no lo ibas a entender. Ni siquiera nos pusimos de acuerdo para ocultarlo. Y, verdaderamente, yo ni me acordaba de aquello hasta que me lo comentaste. Pero, no te das cuenta que ella te lo ha contado, exageradamente, para hacerte daño. Son ese tipo de cosas que se dicen en las rupturas para dañar al otro... No te das cuenta...?
Calló, suspiró profundamente y salió despacio, sin despedirse de mí ni de su inocencia, en busca de la vida.
Oriso Korda
Oriso Corda, viejo viejísimo Oriso, veo que llevas bien la vejera de tus literarios siglos.
ResponderEliminarQue tus canas se involucren en el poderoso renacer de esta primavera....